La Navidad es una época que tradicionalmente asociamos con la alegría, el encuentro familiar, la solidaridad y los buenos deseos. Son días en los que celebramos la vida, compartimos con nuestros seres queridos y renovamos la esperanza de un mundo mejor. Sin embargo, en medio de tantas luces, celebraciones y expresiones de entusiasmo, pocas veces nos detenemos a pensar en aquellos seres vivos que también comparten nuestras ciudades y hogares, pero que no viven estas festividades con la misma alegría que nosotros. Esos, que no tienen voz.
Para miles de animales, la llegada de diciembre representa noches de angustia, miedo y sobresaltos debido al uso de fuegos artificiales y las fuertes detonaciones que generan contaminación sónica. Las guacamayas y otras aves urbanas, los perros y gatos de nuestros hogares, así como los animalitos que deambulan por las calles, sufren las consecuencias de una tradición que muchas veces antepone el entretenimiento humano al respeto por la vida.
Es precisamente en estas fechas cuando vale la pena reflexionar sobre la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos en materia de protección animal. Resulta importante que las instituciones gubernamentales, sus funcionarios y representantes no solamente promuevan discursos sobre bienestar animal, conservación y respeto por la biodiversidad, sino que también impulsen acciones concretas para garantizar que esos principios se conviertan en una realidad.
Es necesario preguntarnos: ¿de qué sirve promover campañas de protección animal, organizar jornadas de sensibilización y pronunciar discursos en defensa de la fauna, si cuando llegan las fiestas decembrinas o las celebraciones por los triunfos de nuestros equipos de béisbol, se guarda silencio frente al estruendo de los fuegos artificiales?
La protección animal no puede ser un discurso de temporada, una consigna institucional ni una estrategia para ganar simpatías. Debe traducirse en acciones concretas, políticas públicas coherentes, educación ciudadana y, sobre todo, en la voluntad de hacer cumplir las normas que protegen a los seres vivos.
Detrás de cada explosión hay animales que sufren.

Para nosotros, una detonación puede representar unos segundos de emoción, alegría o celebración. Para los animales, puede convertirse en una experiencia aterradora.
Las guacamayas y otras aves que habitan nuestros espacios urbanos son particularmente vulnerables. El ruido intenso e inesperado puede provocarles desorientación, episodios de pánico, alteraciones en sus patrones de descanso y vuelo, e incluso accidentes al intentar escapar desesperadamente de aquello que perciben como una amenaza. En una ciudad donde estas aves forman parte de nuestro patrimonio natural y de nuestra biodiversidad, resulta contradictorio hablar de conservación mientras toleramos actividades que ponen en riesgo su tranquilidad y supervivencia.
Tampoco podemos olvidar a las aves que descansan en los árboles, parques y jardines de nuestras comunidades. Ellas no tienen dónde refugiarse de las detonaciones, no pueden comprender que estamos celebrando y mucho menos tienen la posibilidad de expresar su angustia.
Y qué decir de nuestros perros y gatos, esos compañeros que forman parte de nuestras familias. Muchos experimentan temblores, taquicardia, desorientación, intentos desesperados de escapar, pérdida del apetito y episodios de ansiedad ante los estruendos. Algunos terminan extraviados, atropellados o heridos mientras buscan escapar del ruido.
Pero hay otros que sufren todavía más: los animalitos de la calle. Los perros y gatos sin hogar, sin una familia que los proteja, sin un espacio seguro donde esconderse y sin nadie que pueda calmarlos durante esas noches de detonaciones. Su sufrimiento suele pasar inadvertido porque no tienen quien levante la voz por ellos.
La alegría de unos no debería convertirse en el tormento de otros.
No se trata de estar en contra de las tradiciones, de las fiestas decembrinas, de la pasión por el béisbol ni de la celebración de los triunfos deportivos. Se trata de entender que podemos celebrar sin lastimar, compartir nuestra alegría sin generar sufrimiento y disfrutar de nuestras tradiciones sin comprometer el bienestar de otras especies.
El deporte debe unirnos, no convertirse en una excusa para justificar el maltrato indirecto a los animales. La Navidad debe representar amor, solidaridad y esperanza, no noches de terror para miles de seres vivos.
Por eso, es legítimo exigir a las autoridades gubernamentales, ambientales y municipales que pasen de las palabras a los hechos. Que establezcan campañas permanentes de concientización, promuevan alternativas de celebración sin estruendos, supervisen el uso de pirotecnia y apliquen las disposiciones correspondientes. Que la protección de las guacamayas, las aves urbanas, las mascotas y los animales en situación de calle sea una verdadera prioridad, y no solamente un tema para discursos y fotografías institucionales.
También debemos hacer un llamado a la ciudadanía: nuestra responsabilidad no termina en cuidar a nuestros propios animales. La empatía debe extenderse a todos los seres vivos que comparten nuestro entorno.
La verdadera sensibilidad hacia los animales se demuestra precisamente cuando nadie está mirando, cuando no hay cámaras, cuando no hay discursos y cuando debemos renunciar a una costumbre para evitar el sufrimiento de otro ser vivo.
Que las autoridades expliquen sus contradicciones y que la sociedad no normalice el sufrimiento animal como parte inevitable de una celebración. Porque una ciudad verdaderamente moderna, consciente y respetuosa no es aquella que más ruido hace para celebrar, sino aquella que sabe convivir con la naturaleza y proteger a los seres más vulnerables.
¡Celebremos la vida, no el estruendo! ¡Menos pólvora, más conciencia!
¡La protección animal no debe ser un discurso: debe ser un compromiso permanente! Seguimos atentos a los avances de la Ley para la protección de los animales de compañía, sigue siendo una gran deuda para nuestra sociedad.
ODRY FARNETANO - ultimas noticias








